Regreso
triunfal de Manon
Se suele abusar a menudo en las
críticas de espectáculos del calificativo "histórico" al valorar una
velada especialmente reseñable. Pero en pocas ocasiones como en las de la
pasada noche viene tan al pelo el epíteto.
El colofón de
la temporada lírica del Maestranza con la producción de Manon Lescaut
destila aromas a estreno local, pues no se escuchaba en Sevilla esta
primera obra maestra de Puccini desde, nada menos, el 28 de abril de 1900.
Dos meras funciones (con Cesira Ferrani, la primera Manon absoluta) en
aquel año, junto a las tres del debut sevillano en 1895 es poco bagaje
histórico. De ahí el que en esta ocasión podamos hablar, cuanto menos, de
reestreno local.
Un retorno por la puerta grande (avancémoslo ya), en un espectáculo
redondo de principio a fin, emocionante y pleno de mil y un momentos para
el placer. Ante todo, por la pareja protagonista, encarnación ideal de los
desgraciados amantes sobre quienes bascula todo el peso musical y
dramático de una partitura en la que el joven Puccini echó el resto de su
inventiva y de su avasalladora fuerza de seducción musical. Lo decía hace
unos días el director musical y lo corrobaramos sin ambages: Daniela Dessì,
que debuta en el papel, es la Manon del futuro. Una voz de timbre
bellísimo, de inusual capacidad de proyección, maestra absoluta a la hora
de regular y arrastrar las palabras tras de su brillante metal, con unos
filados y unos pianísimos increíbles. Si creíble era en lo vocal en la
inocencia del primer acto, aún más lo fue en los pasajes más dramáticos,
sobre todo en un desgarrador último acto en el que salió a relucir un
bellísimo registro de pecho.
Claro que a la hora de abordar las numerosas escenas
amorosas con Des Grieux tiene mucho ganado al tener junto a ella a su
marido Fabio Armiliato. El tenor genovés, que empezó con cierta timidez en
el primer acto, se creció espectacularmente en los actos siguientes,
desplegando el esmalte heroico de su voz. Es un caso especial el suyo,
porque cuando supera la zona de paso y se adentra en el registro agudo, la
voz, lejos de adelgazarse, se ensancha, se expande y despliega unos
matices de intensidad realmente seductores. Así, los arrebatos de pasión
del segundo acto, en el pasaje O tentatrice, por ejemplo; el infinito
desgarro de la súplica en el tercero (Ah, guardate, io piano e imploro!),
o la desesperación de la escena final, encontraron en Armiliato el
correlato perfecto para hacernos temblar de emoción. En los momentos (abundante
por suerte) en que cantaba con la Dessì, la temperatura artística y
anímica subía a niveles hasta ahora desconocidos en nuestro teatro y que,
por fortuna, quedarán inmortalizados en la grabación discográfica que se
está realizando en estas funciones sevillanas.
ANDRÉS MORENO
MENGÍBAR - DIARIO DE SEVILLA, 20 Maggio 2003